Testimonios

la foi en héritageQuisiera compartir con ustedes la herencia más bella que me dejaron mis padres, Manuel y Zarela: el ejemplo de una vida de oración, sencilla pero profundamente comprometida. Ellos rezaban todos los días y, al terminar los alimentos, les agradecíamos; entonces mi papá siempre respondía con convicción: “gracias a Dios.”

La pandemia nos permitió permanecer mucho tiempo juntos y fue una profunda experiencia que nos permitió leer la palabra de Dios diariamente, rezar en familia el rosario y realizar otras devociones particulares como cristianos.

Es propicio destacar el papel de mi mamá, quien fue una gran misionera y una mujer profundamente mariana. Visitaba a las familias del barrio llevando la imagen de la Virgen María para rezar el rosario en cada hogar. Al mismo tiempo, comprometía a sus hijas para que la acompañáramos y apoyáramos en esta misión. Al inicio nos resistíamos; sin embargo, con paciencia y ternura, terminó enseñándonos rezar el Rosario y a amar a la Virgen María. Hoy, todas mis hermanas rezamos el rosario a diario. Como bien sabemos, el ejemplo arrastra y deja huella.

Hace poco me causó una gran simpatía escuchar a mi sobrino adolescente reclamarle a su papá para no faltar a la misa dominical. Para nuestra familia es profundamente grato ver cómo las nuevas generaciones interiorizan y viven la fe aprendida en el hogar.

Sabemos que hoy es cada vez más desafiante mantener el compromiso de testimoniar nuestra fe, en medio de tantas corrientes que pueden alejar a los jóvenes de Dios. Sin embargo, contemplo con esperanza que nuestras tradiciones cristianas en el país siguen latiendo en muchos corazones y que la fe en Dios —Padre, Hijo y Espíritu Santo— continúa manifestándose con fuerza en las diversas expresiones religiosas de nuestro pueblo: jornadas, procesiones y festividades en honor a los santos patronos, entre otras.

La fe es vida y, como nos recuerda el apóstol Santiago, “la fe sin obras está muerta; muéstrame tus obras y yo te mostraré tu fe”. Quizá no estamos llamados a realizar obras extraordinarias, pero a través de nuestra vida de oración procuramos encaminarla en gestos concretos de solidaridad con nuestros hermanos que claman por fraternidad. Estoy convencida de que, ante los ojos de Dios, nuestras obras se hacen grandes en la sencillez de lo cotidiano.

Al repasar el tiempo, constatamos que ya han pasado cuatro años desde que nuestros padres partieron a la presencia del Señor. Sin embargo, sus hijos, yernos y nietos seguimos cultivando los valores cristianos que nos legaron, expresados en una vida diaria de oración y en el esfuerzo por reconocer la presencia de Dios en cada acontecimiento. Esta herencia espiritual, recibida gratuitamente de Dios a través de la familia, es como un talento confiado a nuestras manos.

Por ello, no cesamos de dar gracias a Dios por el milagro de su amor, porque nos permite congregarnos en su nombre y por las innumerables gracias que, con infinita bondad, derrama sobre nuestras vidas.

Flor Angélica Acuna Rios, Perú

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