Espiritualidad en acción

El Espíritu Santo nos condude

a colombeEstamos en nuestra tercera reflexión. Después de haber mirado quién es el Espíritu Santo y por qué medios o dones trabaja nuestras almas, reflexionaremos sobre cómo nos conduce. Nos detendremos sobre el silencio que es siempre muy importante para escuchar mejor su voz que habla en secreto a nuestras almas. Es por tanto necesario que Él nos prepare a la escucha interior y a la aceptación de lo que va a pedirnos.
Es verdaderamente en la paz donde reina el Espíritu Santo, donde no cesa de darse, enriqueciendo el alma que lo acoge con sus gracias, con sus dones y con sus frutos. Él enseña también cómo orar. No olvidemos jamás agradecerle. Él nos muestra cómo amar, porque la caridad sobrepasa todas las virtudes. Nosotros que queremos vivir el amor de Cristo en el momento presente, tenemos necesidad de este Maestro para llegar allí. El Espíritu Santo es el Espíritu de Amor como centro de todas las virtudes y de todas las perfecciones.
Es bueno conocer este estado nuevo o esta acción interior. Cinco son los grados de la vida del Espíritu Santo en el alma y cada grado comporta numerosos matices:

En primer lugar, el Espíritu Santo toca el alma que se despierta y se conmueve. Es el descubrimiento. Se trata de tomar conciencia de su presencia activa en el interior de nosotros y de estar maravillado por ello. No podemos sino agradecer por este favor. El Padre no rechaza este don si lo pedimos en nombre de Jesús.

En segundo lugar, el Espíritu Santo se posa en el alma llenándola de gracias, es decir, que se da cuenta que todo lo que ella tiene es un don gratuito de Dios y que lo que hace en su compañía es fácil y tiene éxito siempre. Ella pone toda su confianza y su atención en Él. Cuando siente una inspiración, por pequeña que sea, lo hace o lo dice sin buscar el por qué.

En tercer lugar, el Espíritu Santo se reposa en el alma, es decir, que no siempre es actuante. La desprende de la tierra, a veces por una enfermedad o un accidente grave, etc.…, que le permite analizar todos los detalles de su vida y ver que las gracias recibidas fueron por su bien. Incluso los pecados son vistos como oportunidades de agradecer a Dios por haberla salvado y haberla protegido.

En cuarto lugar, el Espíritu Santo posee al alma. Es totalmente de Él y responde a todos sus deseos, porque le pertenece, es completamente de Él. Ella le permite que actúe como quiera, dejándolo que la transforme. El alma siente con más exactitud Su presencia y sus efectos, lo que la desapega de todo lo que es humano. No busca sino la voluntad de Dios y no está llena sino por ella y no quiere sino más amor para poner en lo que ocurre o pudiera ocurrir. Cuando algo la perturba, el alma busca su reposo en Él y le confía todo lo que tiene para vivir.

• En quinto lugar, es la unión. El alma está en una gran paz, vive en esta tierra como si no viviera en ella, en un profundo recogimiento y una gran soledad. La vida continúa, pero el alma está al abrigo de las miradas, en lo secreto. Ella descubre su Acción, se alegra con ello, ofrece y agradece por todo en su corazón. Incluso si este grado no se hace sentir de una manera continua, el alma permanece unida al Espíritu Santo por un vínculo muy estrecho e indisoluble. Pocas personas alcanzan este grado de unión.
Son las almas que se han puesto a su disposición. El soplo del Espíritu Santo las ha preparado y conducido. Es él quien purifica, da la vida y abraza. El Espíritu Santo que es el Amor actúa en ella. El alma descubre su presencia en los seres y en todo el universo. El Amor la conduce y le hace descubrir cosas nuevas. Ella lo reconoce en la obra del Padre, en la vida de Jesús y sube en ella un canto de alabanza, de agradecimiento y de amor.

b colombeConclusión:
Dejémonos pues guiar por el Amor, encomendándonos con toda confianza al Espíritu Santo. Nuestra vida será más bella, llegará a ser alabanza y agradecimiento por este don que Jesús nos ha dado gratuitamente el día de Pentecostés. Pidámosle cada día al Espíritu Santo que estos dones actúen en nosotros.
Rose M, Oblata

 




 

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